Agosto es la llanura castellana,
amarilla y ocre.
Un ejército de girasoles en el campo,
mirando hacia a algún lugar.
Un cielo homogéneo y plácido,
que da lugar al tranquilo aburrimiento.
La tensión baja y el espíritu inactivo.
Necesidad de abrazos con la brisa
del aire acondicionado o un ventilador.
La sensación de paréntesis y parón.
Una parálisis que se comparte y comprende.
Aire denso del mediodía,
tímido fresco de mañana y noche.
Descanso aunque se trabaje.
Calles desiertas en un abandono temporal.
La ciudad se vuelve vaga y taciturna,
se llena de buscavidas en desproporción.
Y las verbenas hay que sudarlas
por mucha limonada que se tome.
Es el éxodo madrileño,
El que destapa el verdadero alma
de esta ciudad.
Su espíritu alegre y sencillo,
de pueblo superpoblado.

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